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La ceguera gerencial

Cuando mirar no significa ver

Hemos llegado al último problema de esta primera parte. Como señalamos antes, una organización puede tener estrategia, tener objetivos, indicadores, dashboards; puede revisar resultados y disponer de enormes cantidades de información y, sin embargo, puede no darse cuenta a tiempo de que algo importante está cambiando.

La pregunta entonces deja de ser solamente: ¿Tenemos información? Y pasa a ser:

¿Somos capaces de ver lo que la información nos está diciendo?

Esta es una pregunta mucho más incómoda, porque ya no cuestiona la metodología, cuestiona al decisor.

  1. La ceguera no significa ausencia de información

Cuando hablamos de “ceguera gerencial” no nos referimos necesariamente a que los directivos carezcan de información, muchas veces ocurre exactamente lo contrario.

La información está disponible, el indicador aparece en el dashboard, el informe fue enviado, el resultado fue presentado en la reunión e incluso puede haber alguien que haya advertido que algo no parece normal, pero, la organización no reacciona.

Por eso debemos distinguir: no ver de no reconocer lo que estamos viendo.

La segunda situación es mucho más frecuente de lo que nos gustaría admitir.

  1. La normalización de lo anormal

Existe un fenómeno particularmente peligroso denominado la normalización de lo anormal: cuando una pequeña desviación aparece por primera vez llama la atención, pero si persiste sin generar consecuencias inmediatas, la organización se acostumbra a ella y lo extraordinario pasa a percibirse como normal. Así, una ligera disminución de las ventas, el incremento gradual de las quejas, un retraso recurrente, la rotación del personal, la pérdida progresiva de clientes o la caída de la productividad se toleran por no parecer lo suficientemente graves para intervenir, hasta que un día el deterioro se vuelve evidente y todos se preguntan cómo no lo advirtieron antes.

Quizá sí nos dimos cuenta, lo que ocurrió es que nos acostumbramos a la señal.

  1. La trampa de la meta

Las metas son necesarias, pues permiten establecer expectativas. comparar resultados, evaluar desempeño, pero también pueden producir una forma de ceguera.

Supongamos que una organización establece como meta una satisfacción del cliente de 90 %.

Obtiene: 92 % 91 % 90 % 90 % 89 %

El indicador comienza a deteriorarse, pero mientras permanezca cerca de la meta, la conversación puede limitarse a: “Todavía estamos dentro de un rango aceptable.”, la meta se convierte entonces en una frontera psicológica; mientras no la crucemos, no existe urgencia.

Pero la realidad puede haber comenzado a cambiar mucho antes, por eso:

Una meta indica dónde queremos estar; no necesariamente nos dice cuándo debemos empezar a preocuparnos.

  1. De la cultura de la explicación al rigor de la investigación

Cuando aparece una desviación en el desempeño, la reacción habitual de la gestión tradicional es buscar explicaciones de inmediato: «fue el mercado, la competencia, el tipo de cambio, un retraso del proveedor o una situación extraordinaria».

Muchas de estas explicaciones pueden ser válidas, sin embargo, el problema surge cuando explicar sustituye a investigar. Una explicación se limita a justificar el pasado («¿por qué ocurrió?»), mientras que la navegación estratégica exige comprender el futuro («¿qué nos dice este comportamiento sobre lo que podría ocurrir después y qué evidencia tenemos?»).

Hay que evitar explicaciones prematuras que cierren la discusión antes de tiempo, la investigación debe basarse en la búsqueda metódica de evidencia a través de:

  • Datos y segmentación: Análisis comparativo por líneas, regiones o clientes.
  • Revisión de procesos: Diagnóstico operativo en el lugar donde ocurre la desviación.
  • Perspectiva externa e interdisciplinaria: Información del entorno, entrevistas y juicio de expertos.
  • Análisis de causa raíz: Identificación de los mecanismos causales que originaron la señal.

El objetivo de la investigación no es encontrar rápidamente un culpable o una excusa plausible, sino postergar la conclusión hasta contar con la evidencia suficiente para decidir.

  1. El sesgo de confirmación

Los seres humanos no somos observadores neutrales; cuando creemos que nuestra estrategia funciona, tendemos a prestar mayor atención a la información que confirma esa creencia.

Si las ventas todavía están creciendo, destacamos el crecimiento. E igual si un cliente importante continúa comprando, lo utilizamos como evidencia de que la relación sigue siendo sólida, si el resultado anual todavía está dentro de la meta, lo consideramos tranquilizador.

Mientras tanto, podemos minimizar señales que contradicen nuestra interpretación, no necesariamente por mala fe. Muchas veces simplemente buscamos coherencia entre la realidad y lo que ya creemos, y eso puede ser peligroso.

Porque: Cuanto más comprometido he visto a un gerente con su estrategia, más difícil le resulta reconocer que algunos de sus supuestos están fallando. Me incluyo en esa lista

  1. El éxito también puede producir ceguera

Estamos acostumbrados a pensar que los problemas generan atención, pero el éxito también puede producir ceguera. Una organización que durante años ha tenido buenos resultados puede desarrollar una confianza legítima en su modelo.

“Siempre nos ha funcionado.”

“Conocemos este mercado.”

“Tenemos los mejores clientes.”

“Esta estrategia nos ha dado excelentes resultados.”

Precisamente por eso puede resultar difícil aceptar que algo esté cambiando, el éxito pasado se convierte en una evidencia poderosa, pero también puede convertirse en una trampa:

Lo que funcionó ayer no constituye una garantía de que seguirá funcionando mañana.

  1. El peso de las inversiones realizadas

Existe otra razón por la que nos resistimos a reconocer las señales negativas: la inversión previa. Toda estrategia involucra una asignación considerable de recursos —dinero, tiempo, talento, tecnología, procesos, capacitación e infraestructura—, por lo que admitir la necesidad de un cambio de rumbo resulta psicológicamente difícil. Surge entonces el peligroso sesgo del costo hundido: la falacia de creer que «ya hemos invertido demasiado para cambiar ahora». Sin embargo, los recursos comprometidos pertenecen al pasado, mientras que la decisión estratégica relevante pertenece estrictamente al futuro; insistir en una trayectoria fallida solo por honrar lo gastado convierte una pérdida pasada en un desastre aún mayor.

  1. La presión por no ser quien trae malas noticias

La ceguera también puede tener una dimensión organizacional. No siempre resulta cómodo ser la persona que dice: “Creo que nuestra estrategia está comenzando a fallar.”, especialmente cuando la estrategia fue diseñada por la alta dirección, fue aprobada por el consejo, ha consumido importantes recursos, y ha ocupado durante meses el trabajo de muchas personas.

El mensajero puede convertirse en el problema. Entonces las señales incómodas pueden ser suavizadas; los problemas pueden presentarse como “situaciones temporales” y las desviaciones pueden explicarse, las tendencias pueden minimizarse. Y la organización puede conservar una sensación de normalidad, hasta que la realidad deja de permitirlo.

  1. La reunión donde nadie quiere ser pesimista

Imaginemos una reunión de dirección donde el resultado general es aceptable y la mayoría de los indicadores están en verde, algunos están en amarillo, uno o dos presentan comportamientos preocupantes.

Alguien pregunta: “¿Deberíamos preocuparnos?”

La respuesta puede ser: “Todavía no”; y la reunión continúa. Puede ser una decisión correcta, pero también puede convertirse en una costumbre.

Mes tras mes: “Todavía no.”; hasta que finalmente aparece: “Ahora sí tenemos un problema.”

La pregunta entonces es inevitable: ¿En qué momento dejamos de tener una señal y empezamos a tener una crisis?

Si no hemos definido previamente qué comportamientos deberían llamar nuestra atención, la respuesta será casi siempre retrospectiva, lo sabremos cuando ya sea evidente.

La experiencia directiva es valiosa, porque permite reconocer patrones, evita errores, ayuda a tomar decisiones, pero la experiencia también puede generar exceso de confianza.

Un directivo experimentado puede decir: “Ya he visto esto antes.” y quizá tenga razón.

Pero también puede estar equivocado, porque una nueva situación puede parecerse superficialmente a una anterior y, sin embargo, tener causas diferentes, por eso:

La experiencia es una ventaja cuando aumenta nuestra capacidad para observar; se convierte en una desventaja cuando nos hace creer que ya sabemos la respuesta.

La experiencia debería servir para formular mejores preguntas, no para cerrar prematuramente la investigación.

  1. El enemigo invisible: la complacencia

La ceguera gerencial no suele aparecer de repente, puede desarrollarse gradualmente.

Primero aparece una pequeña desviación, después una explicación, luego otra, después una recuperación parcial. La organización continúa.

Y poco a poco se instala una sensación: “No hay nada realmente preocupante.”; eso es complacencia.

La complacencia no significa necesariamente irresponsabilidad. Puede coexistir con profesionales competentes, trabajadores comprometidos y excelentes sistemas de gestión. Precisamente por eso es peligrosa.

Porque hace que una organización competente deje de hacerse preguntas incómodas.

Hay una distinción todavía más dura.

A veces la organización sí ve la señal, sí comprende el problema y reconoce que algo está cambiando, pero decide no actuar; puede existir una razón válida.

El costo de intervenir puede ser elevado, la evidencia puede ser insuficiente, puede ser necesario esperar.

El problema aparece cuando esperar deja de ser una decisión consciente y se convierte en inercia, entonces ya no estamos frente a una falta de información, estamos frente a una falta de decisión.

Por eso la verdadera alerta estratégica debe provocar una conversación, no necesariamente una acción inmediata, pero sí una pregunta:

“¿Debemos investigar esto antes de que sea demasiado tarde?”

  1. La ceguera no se resuelve con más información

Esta conclusión es importante, si el problema fuera simplemente falta de información, la solución sería sencilla: proporcionar más información, pero ya vimos en el Capítulo 3 que más bien podemos tener demasiada información.

El problema tampoco se resuelve necesariamente revisando la estrategia con mayor frecuencia, en el Capítulo 2 mostró que aumentar las reuniones no garantiza detectar antes.

Tampoco se resuelve esperando el resultado final; en el Capítulo 4 mostró precisamente el costo de llegar tarde; entonces aparece una necesidad diferente:

Necesitamos saber qué merece nuestra atención antes de que el resultado final nos obligue a prestársela.

Eso implica distinguir entre: dato → información → señal → alerta → decisión

No son sinónimos.

  1. De observar a estar alerta

Aquí llegamos al punto culminante de nuestra primera parte: una organización no necesita estar permanentemente alarmada, necesita estar atenta.

Hay una diferencia enorme: la alarma permanente paraliza, la atención permite actuar.

No se trata de convertir cada variación en una crisis, se trata de reconocer cuándo el comportamiento de algo merece ser investigado.

Tampoco se trata de predecir exactamente el futuro, se trata de evitar que el futuro nos sorprenda cuando todavía existían señales.

Ni de abandonar la estrategia ante cada cambio, se trata de reconocer cuándo las condiciones pueden estar cuestionando sus supuestos.

En su libro La nueva Economía[1] el Dr. Deming nos dijo: “Administrar es predecir”; la teoría del conocimiento nos ayuda a comprender que cualquier forma de dirigir es predecir.[2]

  1. El verdadero problema estratégico

Ahora podemos reunir las piezas:

En el Capítulo 1 cuestionamos la reducción de la estrategia a un plan.

En el Capítulo 2 vimos el problema de administrar la estrategia exclusivamente mediante ciclos.

En el Capítulo 3 cuestionamos la ilusión de que disponer de dashboards equivale a tener control estratégico.

En el Capítulo 4 descubrimos que los resultados pueden confirmar el problema cuando ya es demasiado tarde.

Y ahora encontramos un último obstáculo:

incluso cuando existen señales, la organización puede no reconocerlas oportunamente.

Por tanto, el problema completo puede expresarse así:

Una organización puede tener una estrategia, ejecutarla correctamente, medir sus resultados y disponer de abundante información, y aun así descubrir demasiado tarde que las condiciones que sustentaban esa estrategia comenzaron a cambiar.

Ese es el verdadero desafío, no estamos hablando simplemente de planificación, tampoco estamos hablando simplemente de indicadores; no estamos hablando simplemente de tecnología, estamos hablando de tiempo estratégico.

La capacidad de saber: qué observar, qué merece atención, cuándo prestar atención, cuándo investigar y cuándo actuar.

  1. De la autopsia a la alerta temprana

Al finalizar el Capítulo 2 planteamos una pregunta: ¿Podemos pasar de hacer autopsias estratégicas a prevenir muertes estratégicas? Ahora podemos formularla de una manera más precisa:

¿Podemos detectar las primeras señales de deterioro de una estrategia cuando todavía existe margen para hacer algo?

Esta pregunta constituye el puente hacia la segunda parte de este libro.

Hasta ahora hemos descrito el problema, hemos visto sus diferentes manifestaciones, pero todavía no hemos presentado la respuesta; ha llegado el momento de contar cómo nació una idea diferente:

un sistema de navegación estratégica no pretende decirle a la organización qué camino elegir, sino advertirle cuándo las condiciones del camino comienzan a cambiar.

Ese será el punto de partida de la siguiente parte, pero antes de avanzar, conviene recordar algo:

El tema no nació de la fascinación por los indicadores, nació de una preocupación: llegar a tiempo para poder hacer algo.

 NOTA DE CONTINUIDAD

Del Diagnóstico a la Cura

De los cinco capítulos anteriores, un mismo veredicto: las organizaciones no fracasan por falta de información; pueden fracasar porque su información llega en el momento equivocado, con la frecuencia equivocada o dirigida a las preguntas equivocadas.

Podríamos quedarnos aquí, documentando el problema con elegancia académica indefinidamente; muchos libros de gestión lo hacen: describen la enfermedad con precisión clínica y cierran con una frase inspiradora que no cambia absolutamente nada en la sala de juntas del lunes siguiente.

Diagnosticar sin construir una cura no es prudencia intelectual, es la forma más elegante de no comprometerse con nada.

La Parte II no ofrecerá solamente una frase inspiradora, ofrecerá un mecanismo, nace precisamente de la pregunta que cerró el Capítulo 5:

¿Podemos detectar las primeras señales de deterioro de una estrategia cuando todavía existe margen para actuar?

A partir de aquí, el libro deja de señalar el problema y empieza a construir, pieza por pieza, la respuesta.

Enlaces:

https://anyflip.com/tabej/kcfr/

[1] Deming, W. E. (1994). The new economics for industry, government, education (2nd ed.). MIT Press.

[2]

Disclaimer: Recomendamos validar cualquier implementación con expertos calificados, entes de certificación, organismos de normalización o consultores especializados. No sustituye asesoría profesional.

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